.: Viaje a los prismas de acero y piedra :.


Pequeños copos blancos empezaron a caer sobre ellas, deshaciéndose inmediatamente. Había empezado a nevar.

Nadie habría podido imaginar que ese día que había empezado de una forma tan habitual, habría podido tener ese final tan inesperado. Era un 24 de Diciembre y se despertaron en el ala oeste del Laboratorio, donde estaban las habitaciones de los invitados. Emily había tomado una gran taza de té negro sin azúcar con bollos de jenjibre, y a continuación había untado una gran rebanada de pan con mantequilla y pasta de levadura. Lana y Melissa preferían algo menos intenso a esas horas de la mañana y su elección había sido, como de costrumbre, zumo de naranja y un bizcocho dulce. Esta vez el bizcocho del día había sido de chocolate y nueces.

Habían quedado en un laboratorio del ala este al cabo de media hora, pero como ya habían terminado de desayunar, se dirigieron hacia allí cruzando un serpenteante pasadizo subterráneo. Aún no había nadie en la sala y no pudieron evitar observar los diferentes equipos y aparatos que se encontraban allí. Emily fijó su atención en uno de ellos.

Pocos segundos después se veían envueltas en un violento torbellino de luz, creado por el misterioso aparato que Emily no había dudado en tocar, a pesar de las advertencias de Lana y Melissa.

De repente todo cesó.

Se despertaron en un lugar desconocido. Habían estado inconscientes durante varias horas, tendidas en el frío suelo, y se extrañaron de la capa rígida gris que cubría parte del terreno formando un camino. Se levantaron del suelo y sacudieron sus vestidos. Melissa lamentó en voz alta haberse manchado su falda roja, mientras le daba algunos manotazos.

Todo camino conduce a alguna parte, pensaron...así que empezaron a andar a su lado aunque evitando pisarlo, porque les producía cierta desconfianza.

De esa manera llegaron a un pueblo. Ese pueblo sin duda era el más grande que habían visto nunca. Los casas no eran de dos plantas y con tejado a dos aguas como estaban acostumbradas a ver. En esas construcciones prismáticas de acero y piedra debían vivir centenares de personas, y a su vez había centenares de esas construcciones. Algunas más altas...otras más bajas, pero se extendían tanto como la vista podía abarcar.

Por un momento se sintieron sobrecogidas al comprobar que no había posibilidad de error, no se encontraban en su hogar. Estaban prácticamente paralizadas, sin saber qué hacer y sin saber como deshacer lo hecho...a excepción de Emily, claro. Sin pensarlo dos veces, cogió la mano de Lana y la de Melissa y las arrastró consigo colina abajo. Fue tan rápido que no pudieron ni reaccionar contra la alocada idea de Emily. Cuando se dieron cuenta ya se encontraban en medio de las construcciones y...sí pisando el camino rígido gris que las atravesaba. Una vez estuvieron en medio de ellas y las pudieron ver de cerca, curiosamente no les parecieron tan amenazadoras y raras como momentos antes. De hecho Melissa se entusiasmó. Acababa de descubrir una pastelería en la parte baja de un edificio. Se fijó en que casi todos los edificios dedicaban su planta más baja a crear espacios acristalados llenos de luz y la mayoría tenían adornos hechos con bolas y cintas brillantes de colores. También le encantaban las guirnaldas de pequeñas lucecitas que colgaban de todas partes.

En esos momentos la calle aparecía tan llena de gente que era incluso complicado andar por ella. Masas de gente estaban paseando, o lo intentaban, o entraban y salían de las tiendas constantemente. Melissa sonreía, contenta de haber llegado a un sitio tan acogedor y alegre, aunque era una pena que un exceso de actividad en la calle pudiera convertir fácilmente algo agradable en algo agobiante, o que los edificios aparecieran tan oscuros en las plantas superiores. Mientras estaba ocupada con esos pensamientos, un fuerte tirón de Emily la obligó a apartarse del camino gris. Por él estaban pasando coches sin caballos también con luces de colores. Tenían dos delante y dos detrás. Cada vez había más vehículos, y llegó un punto en el que había tantos, que no podían moverse. Entonces unos horribles pitidos empezaron a coger volumen y protagonismo. Las chicas, asustadas, corrieron a refugiarse en la pastelería descubierta momentos antes, esperando encontrar un poco de paz.

El interior de la pastelería era parecido a las pastelerías que ellas conocían. Las paredes eran de ladrillo rojo y había un mostrador repleto de dulces y pasteles. Una señora atendía a varias personas que hacían cola. Al fondo había algunas mesas y sillas donde los clientes podían tomar algo de beber mientras degustaban los productos del local. Todo el mundo parecía tener prisa y los pasteles iban desapareciendo del mostrador con rapidez.

Al igual que Melissa, Lana también era una gran aficionada a la repostería y se acercó para verlos mejor. Quizá descubriría alguna idea nueva para el desayuno o la hora del té. Consiguió situarse lo bastante cerca de la cola para observarlos, y lo que descubrió es que tenían una inscripción de chocolate con las palabras "Feliz Navidad". Navidad? era una palabra que no había oído nunca. Suponía que si era algo que alguien escribe con chocolate en un pastel, tenía que ser algo importante.

Mientras Lana explicaba lo que había visto a Melissa, Emily se entretenía con un pequeño arbolito que había en un rincón. A ella siempre le había interesado más la jardinería que la repostería, aunque esta última normalmente sólo quería comérsela, no prepararla. El arbolito también tenía bolas brillantes y luces de colores y debajo de él había paquetes envueltos. Parecían regalos, porque el papel que los cubría era también de colores y estaba sujeto por bonitas cintas que formaban un lazo en la parte superior. Emily pensó que sería divertido tener un árbol como ese en casa, pero no sabía qué ocasión era la más adecuadada para regalar cosas a la gente. Además, el árbol no parecía ser como los que ella veía habitualmente. No parecía estar vivo, y eso era algo que le desagradaba mucho. De hecho, ni siquiera parecía haberlo estado nunca. Se prometió que si algún día colocaba un árbol adornado en alguna parte sería un árbol vivo. Un árbol que habría estado vivo y seguiría vivo.

Poco a poco el local fue quedando vacío. La señora del mostrador se apresuraba a limpiarlo y arreglarlo. Todo indicaba que la pastelería cerraría en unos minutos y así fue. La señora les pidió que abandonaran el local y las chicas se vieron otra vez en la calle, que estaba desierta. Ya no había coches ni gente, y tampoco sabían donde podían estar. El gran pueblo había enmudecido y sólo las luces encendidas recordaban el bullicio que había ocupado las calles horas antes. Luces a las que entonces se sumaban todas las que se habían encendido en los pisos superiores de los edificios.

Empezaron a sentir frío. Aunque habían entrado en el pueblo a la puesta de sol, ya era negra noche. Entonces volvieron a recordar lo solas y lejos de casa que estaban. Intentando buscar algún refugio, andaron y andaron por las calles hasta que encontraron un parque. Se acurrucaron en un banco y se taparon con la capa de Emily para intentar mantener el calor. Lentamente iban quedando algo adormecidas, quizá producto del frío o quizá del extraño viaje.

...


Seguía nevando y seguían sin saber cómo volver a su hogar. Si tenían que quedarse allí para siempre quizá no fuera algo tan malo...aunque al pensar en esa idea la expresión de su cara se ensombreció, echarían mucho de menos su hogar. Echarían de menos el té caliente a media tarde, los paseos por el bosque, las grandes cantidades de tartas y pastas que preparaban cada semana. También echarían de menos estar media hora eligiendo el vestido que iban a ponerse ese día o discutir sobre el tipo de semillas que iban a plantar en el jardín...pero sobretodo, lo que más echarían de menos era hacer todo eso juntas, y con quien ellas consideraban que era parte de su curiosa familia. Querían compartir comida, risas, juegos y alegría con las personas que ellas querían más y no estaban allí, ni lo estarían nunca si no podían volver a su hogar y tenían que quedarse. Si podían volver a casa, quizá podrían celebrarlo con una buena cena invitando a esas personas, incluso podrían preparar algún regalo para demostrarles cuánto las querían y cuánto las habían añorado...

La directora del laboratorio había llegado hacía media hora y se extrañó de que las gemelas no estuvieran aún allí, sobretodo Lana, que era especialmente puntual. Notó un leve zumbido que le hizo girar la cabeza. Uno de los aparatos estaba encendido. "Emily...", murmuró con resignación mientras lo desconectaba.

Aparecieron en el centro de la sala, esta vez sin torbellino de luz, pero dándose un buen golpe en el trasero y envueltas con la capa de Emily, ya bastante húmeda.

No podían creer que volvieran a estar en casa! Se miraron emocionadas y sin poder articular palabra, pero sonrieron con complicidad. Habían comprendido donde había ido todo el mundo al anochecer. Las luces superiores de los edificios los delataban. Y si esa gente no era muy diferente de ellas, hasta podían adivinar qué estaban haciendo y con quién. Además, se habían vendido muchas tartas en la pastelería y demasiado grandes para una sola persona. Es posible que hubieran comprendido lo que era la Navidad y porqué alguien decide escribir esa palabra en un pastel. Si estaban en lo cierto, curiosa gente la que dedica expresamente un día del año a esos menesteres. Con un sólo día es normal que todos tuvieran tanta prisa.

Sin dar muchas explicaciones a la directora, sólo diciéndole que esperaban verla a la hora de la cena, Melissa y Lana se dirigieron inmediatamente a la cocina a derretir chocolate. Emily salió al exterior del laboratorio. Quizá encontraría un árbol lo bastante grande y lleno de vida para sus propósitos. Algo le decía que esa noche varias de sus rosas bicolores especiales acabarían envueltas en lazos y papel de celofán.